No ser “religiosamente correcto”: perseguir la presencia de Dios sin pensar en el qué dirán

En la reflexión de hoy hablamos de no ser “religiosamente correcto”, dejar de lado las formas para alcanzar lo que realmente importa: la presencia de Dios.

El anhelo por conocer a Dios nos lleva a la acción, a buscarlo sin importar nada más que hallar su presencia y disfrutar de ella sin límites de tiempo. Pero no se trata sólo de buscar.

Tommy Tenney pregunta “¿Persigues su presencia?”. Al leer esas tres simples palabras algo me quedó resonando. ¿Por qué el autor escogió el verbo perseguir y no buscar o algún otro término que para nosotros pudiera significar un sinónimo de ir tras la presencia del Padre?

“Perseguir: Tratar de conseguir o de alcanzar algo”, dice el diccionario, y enumera una serie de palabras de significados similares, “buscar, rastrear, cazar, ojear, hostigar, importunar, incordiar, molestar, acorralar, apremiar, pretender”. Notemos que algunos de esos sinónimos tienen también una connotación muy distinta a perseguir, pero que si nos ponemos a pensar, la complementan.

Hostigar, incordiar, molestar, son palabras fuertes en el contexto que estamos estudiando, sin embargo de eso se trata también el perseguir la presencia de Dios.

El hambre nos mueve a perseguir su presencia

Cuando una persona está realmente hambrienta actúa de maneras que nos podrían sorprender. El autor hace referencia a personas de países carenciados a los que ha ido como misionero y cómo se sorprendió al ver la reacción de las mismas cuando alguien llega a ellas con un paquete de arroz. El hambre se apodera de nuestra razón y hace olvidar los modales, cosa que puede incomodar y hasta molestar a alguien, pero si realmente estamos hambrientos no nos importa lo que otros piensen.

Perseguir la presencia de Dios es igual a eso, debemos estar hambrientos por ella y correr para alcanzarla a cualquier precio, sin importar nada, ni siquiera si nos salimos de nuestras costumbres, tradiciones u orden litúrgico.

Comprendí que ir tras la presencia de Dios va más allá de una simple búsqueda, debemos perseguirla con todo lo que ello implica. “Nuestro problema es que nunca hemos estado realmente hambrientos”, dice Tenney, “hemos venido a Dios semana tras semana, año tras año, sólo para dejarlo llenar pequeños espacios vacíos”. Nos acostumbramos tanto a las formas que nos olvidamos del motivo por el cual hacemos todo. Nos preocupamos por que las cosas salgan bien, que todo esté ordenado, que el sonido sea el mejor. Importa más cumplir con un horario, no equivocarnos en una nota ni en la letra de una canción, que encontrar y abrazar lo más preciado: la presencia de Dios.

¿Hacer o estar?

Reconozco que muchas veces, durante el culto, estoy a las corridas haciendo varias cosas a la vez, pero últimamente he pensado “¿si no tuviera nada que hacer estaría persiguiendo la presencia de Dios? ¿Son las tareas una excusa para estar ocupado y que el momento de la reunión se me pase más rápido? ¿Podría disfrutar de la búsqueda de Dios tanto como disfruto hacer cosas para Él?”

No se trata de hacer, sino de estar en la presencia del Rey de reyes. Si las tareas que realizamos son una herramienta para perseguirla, bienvenida sean, pero si sólo son una distracción sería mejor replantearnos qué hacemos en el ministerio. Como dice Tommy Tenney, “si no somos cuidadosos, podemos estar tan enredados haciendo cosas para Él que nos olvidamos de Él”. Que el motivo de todo lo que hacemos sea alcanzar la presencia de Dios, que Él sea lo primero, lo más importante.

“Te digo que Dios está cansado de estar en ‘segundo lugar’ en nuestras vidas”, dice el autor, y es cierto. Muchas veces parece que hay miles de cosas más importantes, incluso ponemos excusas: “¿arrodillarme? Pero si estoy tocando mi instrumento, no puedo dejar mi tarea”. ¿Sabés qué? Un verdadero buscador de Dios no deja que nada le impida llegar a sus pies, ni siquiera su ministerio o su don.

Hacer cosas locas

Quizás no sea “religiosamente correcto” dejar de “servir” para pasar tiempo con Dios, pero ¿acaso no hemos leído y escuchado infinidad de mensajes sobre la vez en que Jesús visitó a María y Marta? (Lucas 10:38-42). Muchas veces escuché a personas defender a Marta y no las voy a contradecir, lo que ella hacía era bueno, pero lo que María hizo fue mejor.

Pasar tiempo con Él es elegir la mejor parte. “Las cosas buenas se han convertido en el enemigo de las mejores cosas”, dice Tenney. Dios tiene para nosotros lo mejor, pero siempre nos conformamos con lo bueno. “Nos hemos convertido tan en ‘iglesia satisfechos’ que tenemos nuestra propia forma de ‘corrección política’ y una etiqueta cordial”. Estamos tan cómodos y contentos con nuestro programa de culto, tan satisfechos con nuestra adoración controlada que nos choca o molesta cuando alguien hace “cosas locas”.

Una profesora de enseñanza ministerial que tuve siempre decía “tenemos que ser apasionados por Dios, apasionados por su presencia, y la pasión nos lleva a hacer cosas locas”. Miremos a las personas apasionadas por el futbol, que llevan en su ropa, en su cara y en todo lo que puedan los colores de su equipo. Para ellos ir a un estadio a ver jugar a su club de fútbol los libera de todo prejuicio y realmente hacen “cosas locas”.

“Buena obra me ha hecho”

¡Cuánto nos queda por aprender de la mujer que quebró el vaso de alabastro! (Marcos 14:3) Algunos de los presentes actuaron de manera “religiosamente correcta” y se preguntaban para qué semejante desperdicio de perfume. “Podía haberse vendido por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres”, pero a la mujer no le importó lo que decían, ella sólo escuchó las palabras de Jesús: “Buena obra me ha hecho”.

No nos conformemos con hacer o vivir las cosas de Dios, con lo poco. Vayamos por todo, persigamos la presencia de Dios sin importar el qué dirán.

Eres un buscador de Dios si rehúsas estar contento con algo menos que un pan completo”. Si realmente estuviéramos hambrientos de la presencia del Padre actuaríamos de manera diferente. Mateo 15:22-28 narra acerca de una mujer a la que no le importó nada y se mantuvo firme rogando para que Jesús librara a su hija de los demonios. Incluso fue tan abrupta, tan agresiva, tan hambrienta que respondió a la negativa de Cristo, quién finalmente exclamó “Oh, mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres”.

Arrrebatar el Reino

El Reino de los Cielos es arrebatado por los violentos (Mateo 11:12). Quizás no era “religiosamente correcta” la actitud de la mujer, pero ella sólo podía pensar en una cosa, llegar a Cristo y obtener el milagro. Ella iba detrás de Jesús y sus discípulos dando gritos. Ellos querían que se fuera, pero ella insistía. La mujer perseguía la presencia. Sabía muy bien lo que hacía.

“Necesitamos estar tan desesperadamente hambrientos por Dios que olvidemos literalmente nuestros modos”, dice Tenney. Quienes realmente anhelan la presencia de Dios, quienes hacen cosas locas por alcanzarla, pueden sonar y actuar rudamente, pero realmente no les interesa la opinión del hombre, sólo la opinión de Dios.

Es verdaderamente importante comprender que, como dice el autor, “lo único que va a volver la atención y el favor de Dios hacia nosotros es nuestra hambre”. Que nada detenga nuestra búsqueda, que nada nos impida alcanzar nuestra meta que es Dios. Si queremos que Él nos envuelva con sus brazos debemos luchar y sacrificar nuestro orgullo.

Que no importe el qué dirán

Que no nos importe si nuestra imagen se daña frente a los demás. David danzó cuando llevaron el arca del pacto a Jerusalén (2 Samuel 6:12-16), y no le importó lo que opinaran los demás. Él sabía que estaba ante la máxima autoridad, ante la presencia del único Dios verdadero. Su esposa lo despreció por semejante acto irracional, por semejante falta de modales. Cómo el rey se iba a rebajar al punto de perder la compostura. Pero a él nada le importaba. Estaba feliz disfrutando de la presencia de Dios, el tesoro más preciado. Él podría haberse quedado conforme con cumplir la voluntad de Dios y guardar su palabra, pero no, él quería todo, no se conformaba con las migajas, aunque ello significara hacer cosas locas. Así también debemos actuar nosotros. El hambre nos lleva a actuar diferente.

Que no exista nada en nuestro ministerio más importante que perseguir la presencia de Dios, ni las formas, ni opiniones, ni siquiera el mismo ministerio, que Dios sea siempre el centro de todo lo que hacemos y el motivo para hacerlo. Porque, como dice Tenney, “intimidad con Él, eso es lo que Dios desea, y su rostro debería ser nuestro mayor enfoque”.

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