Insistir y dejar que Dios estalle
A lo largo de este estudio dijimos que para ser buscadores de Dios debemos querer conocerlo de verdad, en intimidad, sin importar las formas, sin importarnos ser “religiosamente correctos”. Debemos estar hambrientos por su presencia, desear que Él haga habitación en nuestras vidas, anhelar la presencia de Dios a cualquier precio, buscar sólo adorarlo a Él y que venga un gran avivamiento tras el quebrantamiento de nuestras vidas.
Todas estas cosas no son algo que ocupe un tiempo determinado y momentáneo, sino continuo, y no será nada fácil, habrá que insistir, perseverar, pero una vez que se alcance el punto máximo de esta búsqueda, dejar que la gloria estalle.
Ya dijimos que hay un costo, seguramente elevado, pero debemos estar dispuestos a pagarlo, porque si no corremos el riesgo de que ese fuego se apague hasta, quizás, desaparecer. Nadie quiere una vida lejos de “las mejores cosas”, nadie anhela la pobreza, por eso debemos mantener siempre vivo el deseo de alcanzar la presencia de Dios e insistir aunque todo se vuelva difícil, aunque parezca imposible.
“Por mucho tiempo sólo hemos permitido al Espíritu Santo tomar control hasta un cierto punto”, dice Tenney. “Básicamente, cuando las cosas salen de nuestra zona de comodidad o están un poco más allá de nuestro control, soltamos las riendas. La Biblia lo llama ‘apagar el Espíritu’ en 1 Tesalonicenses 5:19. Nos detenemos ante el velo del tabernáculo muchas veces”.
Es cierto, quizás decimos “sí, Señor, transfórmame, pero sabes que tal o cual cosa me gusta, eso no lo saques”. Déjeme decirle que si eso es más importante que Dios para nosotros va a ser lo primero que Él nos pida. Muchas veces nos ponemos duros y “no podemos permitir que Dios salga mucho de la caja porque puede arruinarnos todo”. Pero es cuando Dios “arruina” nuestros planes que comienzan los suyos, esos que son lo mejor para nosotros. Como ya dijimos: no nos conformemos con lo bueno, busquemos lo mejor, eso es la gloria de Dios. “La mayoría de los cristianos […] no tienen un verdadero sentido de la presencia permanente de Dios, porque rechazan arreglar el desorden en sus vidas”.
Seamos sabios en la búsqueda de Dios, pero sobre todo entendamos que ella no se hereda. Cada uno de nosotros debe buscarlo, es una decisión personal, nadie queda exento de ello sólo porque alguien de la familia ya camina con Dios. “Dios no tiene nietos. Cada generación debe experimentar su presencia. El relato nunca quiso ocupar el lugar de la visitación”. Con esto último el autor se refiere a que debemos vivir nuestra propia experiencia con Dios. Está bien que otros nos cuenten sus experiencias, pero nosotros debemos anhelar la nuestra, no conformarnos con el relato de lo que se siente, sino sentirlo.
Pero qué pasa con aquellos que dicen “yo trato pero no puedo hacer que Dios se manifieste en mi vida”, o “Dios no me habla”. El problema es que no lo están buscando lo suficiente, quizás realmente ni siquiera lo estén intentando. La Biblia dice “…no tenéis, porque no pedís” (Santiago 4:2).
No se trata de un intento y listo, debemos insistir, ganarle por cansancio a Dios (en el mejor sentido del término). Debemos demostrarle que vamos en serio, que la cosa no es momentánea ni impulsada por emociones. Insistir con hambre, con sinceridad, y así alcanzaremos la gloria de Dios de tal manera que se produzca un avivamiento en nuestros corazones, nuestra vida y, a través de nosotros, en nuestra sociedad. “Hoy Dios nos llama a extender nuestra fe más allá de los límites de nuestras ciudades y nación”. Hagamos que la presencia del Señor estalle.
“Tal vez la razón por la que no hemos llenado nuestros servicios con las cosas correctas, es porque no es barato”. Dejar que Dios nos cambie es doloroso. Muchas veces se habla del Alfarero que restaura nuestras vidas como una vasija de barro, pero para perfeccionar la vasija primero hay que romperla. Nadie quiere pasar por eso, pero es sumamente necesario para que Dios haga la obra en nosotros. Es un costo muy alto, quizás son muchas cosas a las que estamos acostumbrados y con las que nos sentimos cómodos las que debemos dejar de lado, pero tras ese sacrificio está el mayor premio, algo que es mayor que cualquier otra cosa: la presencia de Dios en nosotros. “Nos gusta que las cosas vengan rápida y fácilmente, y de manera barata… avivamiento de microondas”, pero debemos cambiar esa visión de las cosas de Dios para lograr algo mucho más grande.
“Queremos que Dios cambie el mundo. Pero Él no puede cambiar el mundo hasta que pueda cambiarnos a nosotros. En nuestro estado presente no estamos en posición de afectar nada. Pero si nos sometemos al Maestro Alfarero, Él nos convertirá […] en lo que necesita que seamos”.
¿Quiere que la presencia de Dios estalle e inunde y cambie la sociedad en la que se mueve? Entonces eso mismo debe ocurrir primero en nosotros, en la intimidad. No hace falta que sea en un culto frente a cientos de personas que vean cómo se está llevando a cabo la transformación, debemos ir a Él en lo secreto para poder estallar luego en público. ¿Queremos llevar la presencia de Dios a los demás, llenarlos? Primero debemos ser llenos nosotros. Una jarra de agua no puede llenar vasos si está vacía, debemos asegurarnos que la jarra esté llena.
“Dios no quiere que nos apartemos de su gloria, de modo que podamos construir monumentos lamentables de una revelación momentánea por la que nunca pagamos con nuestras lágrimas. La salvación es una dádiva gratuita, pero la gloria de Dios nos costará todo”.

