Dios y la obra de la Cruz deben estar en el centro de nuestra adoración

Dios y la obra de la Cruz deben estar en el centro de nuestra adoración

Uno de los factores importantes a la hora de pensar la adoración es que Dios y la obra de la cruz deben estar en el centro de ella. Aunque esto es obvio, siempre debemos recordar que sólo podemos dirigir nuestra adoración a Dios. Es importante que tengamos cuidado con esto y que no se desvíe el enfoque. No olvidemos que Dios es celoso y no comporte la adoración de su pueblo con nadie más.

Is 42:8    “Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas.”

Ex 34:14    “Porque no te has de inclinar a ningún otro dios, pues Jehová, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es.”

Dios tiene que ser el centro de nuestra adoración, y todo lo demás debe quedar en un plano secundario. Es más, en último término, no necesitamos ninguna otra cosa para adorar a Dios.

Ahora bien, ¿por qué decimos esto que parece tan evidente? Bueno, porque siempre que queremos hacer algo para el Señor, el camino está lleno de tentaciones. Por ejemplo, como ya hemos señalado, es relativamente fácil que el líder de alabanza se convierta en el centro de la adoración, o que nuestra adoración esté enfocada más en el hombre que en Dios, gloriándonos de nuestra nueva posición ante Dios en lugar de mirar a Cristo y su obra en la cruz por medio de la cual hemos recibido todo lo que somos y tenemos.

En este punto es importante decir también que la cruz de Cristo debería tener un lugar central no sólo en nuestra vida y servicio, sino también en nuestra adoración. Sin la obra de la cruz, nosotros todavía estaríamos bajo la ira de Dios, expuestos al juicio y a la condenación. Es por la cruz que hemos encontrado la reconciliación con Dios y es allí donde podemos apreciar de forma totalmente nítida cómo es Dios. El apóstol Pablo expresó con claridad el lugar central que la cruz ocupaba en su ministerio y adoración:

Ga 6:14    “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”

Así pues, la adoración debe estar centrada en Dios y en la obra suprema de Cristo en la cruz. Sin embargo, debemos decir aquí que lamentamos cómo la cruz ha ido desapareciendo de muchas de las canciones de adoración cristiana. Se habla mucho del triunfo de Cristo, de su exaltación en gloria, de su majestad… y aunque todo es completamente cierto y lo suscribimos sin reservas, nunca deberíamos olvidar que Jesús fue “coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte” (He 2:9). Los profetas del Antiguo Testamento anunciaron “los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos” (1 P 1:11). Y las huestes celestiales adoran al Cordero que fue inmolado (Ap 5:12). Toda adoración que no tome en cuenta la obra de la cruz siempre será pobre e incompleta.

Por otro lado, tampoco debemos olvidar que es imposible honrar al Padre sin honrar al Hijo.

Jn 5:23    “Para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió.”

Nunca está de más hacer énfasis en esta gran verdad, máxime cuando hay grupos llamados cristianos que niegan la naturaleza divina del Hijo y que por lo tanto no le adoran como Dios. Pero como vemos, la Palabra nos enseña lo contrario: “que todos honren al Hijo como honran al Padre”. Encontramos numerosos ejemplos de esto en personas que durante el ministerio terrenal de Jesús le adoraron, lo que era especialmente significativo si tenemos en cuenta que la mayoría de ellos eran judíos monoteístas que de ninguna manera habrían hecho algo parecido con nadie que no fuera Dios. Veamos algunos ejemplos:

  • (Mt 2:11) Los magos venidos de oriente adoraron a Jesús cuando lo encontraron en Belén.
  • (Mt 14:33) Los discípulos le adoraron cuando subió a la barca después de haber calmado la tempestad.
  • (Mt 28:8) Las mujeres que habían ido a la tumba le adoraron después de su resurrección.
  • (Mt 28:17) También los once discípulos le adoraron cuando le vieron resucitado.
  • (Jn 9:38) Un ciego sanado por el Señor también le adoró.

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