Adoración pública y privada
Muchos cristianos asumen que determinadas reuniones de la iglesia guardan una relación especial con la adoración pública, y sin duda, esto es totalmente correcto. Pero cabe la posibilidad de caer en la equivocación de pensar que sólo en esas reuniones podemos adorar a Dios. Pensar así sería un grave error, porque Dios espera que en cada momento de nuestras vidas le adoremos. Por eso, junto con nuestro tiempo de oración diario debemos dedicar tiempo también a la adoración.
Los cultos que dedicamos en la iglesia para alabar a Dios son un reflejo de lo que diariamente hacemos en la intimidad con el Señor. Si no pasamos tiempo cada día adorando a Dios, nuestros cultos serán fríos, y no se puede hacer responsable de esto exclusivamente al pastor o al líder de alabanza. Cada creyente debe ir preparado para adorar a Dios.
Recordemos la ordenanza en el Antiguo Testamento que prohibía que ningún israelita se presentase delante del Señor con las manos vacías (Ex 23:15; Ex 34:20). El tipo de ofrendas podían variar; había becerros, ovejas, cabras o incluso palominos. Una persona podía traer desde un animal tan grande como un becerro, hasta uno tan pequeño como un palomino, pero de ninguna manera podía ir con las manos vacías.
Ahora en nuestro tiempo, no podemos llegar a la iglesia para ver que han preparado los líderes, descargando sobre ellos toda nuestra responsabilidad de adorar a Dios. Cada uno de nosotros debemos implicarnos en ello. Para esto es imprescindible llegar preparados desde nuestros hogares, habiendo pasado tiempo cada día de la semana en la presencia del Señor.
Una adoración sincera
Dios se agrada de nuestra adoración sincera, tanto pública como privada, porque él nos creó con ese fin. Isaías 43:7 dice “todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice”. La Traducción en Lenguaje Actual dice “Yo los he creado para que me adoren y me canten alabanzas”.
Pero es importante destacar que ambos tipo de adoración son las que debemos dar a Dios. Es buena y necesaria la adoración privada porque no sólo bendice al Señor sino que también trae bendición para nuestras vidas. De igual importancia es la adoración pública porque nos permite unirnos a la adoración de la congregación y “potenciarnos”, y es ahí donde habita Dios (Salmos 22:3).
Muchos tienen por costumbre asistir al culto a la hora en que calculan podría comenzar el mensaje. Esperan saltarse el momento de alabanza y adoración porque lo ven como algo aburrido o innecesario. Incluso argumentan que eso lo pueden hacer en sus casas. Lo que no entienden es que ambas formas de adoración son distintas y necesarias, saltarse una sería como querer caminar en un pie.
Además, la adoración congregacional tiene como objeto adicional preparar las vidas para la recepción de la palabra. Si no participamos en ella, el mensaje que recibamos no va a tener el mismo efecto. Escucharemos lo que el predicador dice, pero no lo que Dios habla, porque Él comienza a ministrar los corazones desde el comienzo del culto.

