La adoración no es una actividad opcional
El reconocimiento de la dignidad absoluta de Dios que hacemos por medio de la adoración no es una actividad opcional. Dios está buscando que su pueblo sea un pueblo de adoradores, que anuncian las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 P 2:9). Tan importante es el tema, que aparece una y otra vez a lo largo de toda la Biblia.
Todo comenzó en el huerto del Edén cuando el hombre decidió que iba a dejar de adorar a Dios.
Posteriormente Dios llamó a Abraham de Ur de los caldeos para formar a partir de él a su pueblo. Dejando los dioses paganos que había en su entorno, debían adorar al único Dios verdadero. De esta manera, tanto Abraham, como su hijo Isaac o Jacob, se caracterizaron por ser hombres de tienda y altar, es decir, peregrinos y adoradores.
La adoración en el Éxodo
En el libro de Éxodo vemos que Dios envió a Moisés para liberar a Israel de la esclavitud de Egipto y que de esta manera pudieran adorarle. En este sentido es interesante notar la lucha que Faraón sostuvo con Moisés con el propósito de impedir que el pueblo fuera adorar a Dios.
Primero se negó a ello con total rotundidad, pero después de que las diversas plagas fueron haciendo mella en él, fue cediendo, pero siempre poniendo condiciones: en principio obligándoles a ofrecer sus sacrificios a Dios dentro de la tierra de Egipto (Ex 8:25-27), luego dejando que sólo fueran los varones del pueblo (Ex 10:8-11), más tarde impidiéndoles que llevaran animales para el sacrificio (Ex 10:24-26), hasta que finalmente, como no podía ser de otra manera, Dios ganó el pulso a Faraón y éste les dejó salir sin condiciones para que adoraran a su Dios fuera de Egipto con todo lo que eran y tenían.
En su viaje por el desierto Dios les dio la Ley junto con diversas instrucciones acerca de cómo debían adorarle. Además les mandó construir un tabernáculo donde Dios manifestaba su gloria en medio de su pueblo.
La importancia de la adoración en la historia de Israel
Más adelante, vemos a lo largo de todos los libros históricos y proféticos del Antiguo Testamento el énfasis y la importancia que la adoración tenía en la vida del pueblo de Israel. En relación a esto, el rey David jugó un papel muy importante, porque tuvo en su corazón edificar una casa permanente a Dios donde su pueblo pudiera adorarle. Y aunque él no pudo materializar el proyecto, dejó todo preparado para que su hijo Salomón lo llevara a cabo.
Este ejemplo fue seguido también por algunos de los reyes que les sucedieron en el trono, pero en contraste con esto, debemos subrayar el pecado de Jeroboam, el rey que hizo pecar a Israel al levantar dos lugares de adoración idolátrica, lo que sirvió para que el pueblo abandonara el culto a Jehová. Muchos fueron los profetas que denunciaron su pecado y que hicieron un llamamiento a la nación para que se volvieran a la adoración al único Dios verdadero. Desgraciadamente no tuvieron éxito, y por su insistencia en seguir a los dioses paganos, la nación fue llevada en cautiverio; Israel a Asiria y Judá a Babilonia.
La adoración en el Nuevo Testamento
El Señor Jesucristo continuó en la misma línea que los profetas del Antiguo Testamento, denunciando en el mismo templo la falsa adoración que Dios estaba recibiendo. Él llegó a decir que los religiosos de su tiempo habían convertido la casa de Dios en una cueva de ladrones (Mt 21:13), lo que le acarreó el odio homicida de los líderes religiosos de Israel.
Los apóstoles que predicaron el evangelio en medio de culturas paganas, tuvieron como objetivo reconciliar a los hombres con el único Dios verdadero, a fin de que se volvieran adoradores suyos. Pablo exhortaba a los idólatras de Listra de esta manera: “Os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, y todo lo que en ellos hay” (Hch 14:15). Y en otro lugar, el mismo apóstol denunció a los paganos en Roma porque “habiendo conocido a Dios no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias”, sino que “cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador” (Ro 1:21-25). Y esta actitud del hombre siempre atrae sobre él la ira de Dios.
La adoración en el cielo
En el libro de Apocalipsis vemos que la actividad constante en el cielo es la adoración. De hecho, este libro nos enseña que el acto que determina nuestro destino final es la adoración: ¿Adoraremos a Dios o a la bestia y a su imagen? Todos adoramos algo, aunque no nos demos cuenta de ello. Si no adoramos a Dios, adoraremos a algo o alguien más. Y en Apocalipsis vemos que el final de nuestra historia se decide por la cuestión de a quién adoramos.
Queda claro a lo largo de toda la revelación bíblica, que el propósito por el que hemos sido creados y redimidos es para que seamos adoradores de Dios. Y como decíamos, esta no es una actividad opcional, sino que como hacía el rey David, debemos exhortarnos continuamente a nosotros mismos para adorarle:
Sal 103:1-2 “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.”

